A finales de 2012 se cumplieron 40 años desde que nos dejó José Mallorquí. No es posible encontrar un artículo más emotivo que el que le dedica su hijo en su propio blog.
El 7 de noviembre de 1972, diecisiete meses después de la muerte de su esposa, Leonor del Corral, víctima del cáncer, mi padre, el escritor José Mallorquí Figuerola, nacido en Barcelona el 12 de febrero de 1913, se quitó la vida disparándose en la cabeza. Ocurrió de madrugada, en su dormitorio del piso 3º derecha del número 23 de la calle Españoleto de Madrid. Hoy se cumple el cuarenta aniversario de su muerte.
Hola, papá.
Hace cuarenta años que te fuiste, es increíble… Según y cómo lo mire, parece que fue ayer; pero desde otro punto de vista es como si hubiera transcurrido una eternidad. Recuerdo perfectamente aquel día, el día en que decidiste pulsar el botón de bajada en el autobús de la vida; recuerdo mi brusco despertar, con Mary diciéndome que te pasaba algo, recuerdo la carrera por el pasillo hasta irrumpir en tu habitación, recuerdo tu cuerpo sobre la cama ensangrentada, tan inmóvil, con la cabeza vuelta hacia un lado, recuerdo al practicante que a diario te inyectaba insulina diciendo, de pie junto a la puerta, “Pobrecito, pobrecito…” con el rostro compungido, recuerdo mi desconcierto, no entendía lo que pasaba. Hasta que vi la pistola en tu mano. Entonces todo encajó de repente, el súbito despertar, la preocupación de Mary, la sangre, tu inmovilidad, las lamentaciones del practicante, yo, el universo entero, todo se concentró en la pistola que empuñabas. Durante un instante infinito, ese arma, un Astra del calibre 9, se convirtió en un punto donde convergía toda la realidad, en un aleph, aunque más bien fue un omega.
Recuerdo el puñetazo que descargué contra la madera de la cama y recuerdo que musité: “Lo has hecho…”. ¿Entiendes?, no me pregunté por qué lo habías hecho; sencillamente constaté lo que parecía inevitable, el inexorable cumplimento de un mal augurio. Lo habías hecho. Recuerdo que salí de tu habitación, fui a la sala, me dejé caer sobre un sillón y me eché a llorar como un niño. Sí, recuerdo cada minuto de ese día; yo tenía diecinueve años y aquel siete de noviembre de 1972 mi vida se dio la vuelta como un calcetín.
Así que ya ves, papá, si lo contemplo de ese modo, tengo la sensación de que todo sucedió ayer. Sin embargo, cuando pienso en la cantidad de cosas que han ocurrido desde entonces, me siento aplastado por el paso del tiempo. Si no hubieras decidido quitarte de en medio al estilo far west, si aún vivieras, tendrías noventa y nueve años. No es una edad inverosímil en estos días, aunque supongo que habrías fallecido antes por causas naturales. Pero, si aún vivieras, ¿qué pensarías, qué harías?
Supongo que la muerte de Franco te habría inquietado, y no sé qué habrías opinado sobre la Transición, porque tus ideas políticas eran más bien raras. La caída de la Unión Soviética y el derrumbe del comunismo te habrían agradado, eso seguro. Te entristecería la pérdida de popularidad del western, el género que te hizo famoso, y la desaparición del tipo de radio que tú contribuiste a crear. Supongo que habrías vuelto a escribir literatura, pero no sé qué clase de literatura ni qué tal te habría ido. Sin duda, la actual situación de España te deprimiría; pero ¿a quién no?
La triste suerte de tu hijo Eduardo, que al final siguió tu último y peor ejemplo, te habría roto el corazón. Aunque, quién sabe, quizá si hubieras seguido vivo habrías podido ayudarle a reconducir su vida. No lo sé y nunca lo sabremos, ¿verdad? Tu hijo José Carlos también te preocuparía ahora, porque anda pachucho de salud. Y tus nietos… Conociste a Leonor, aunque sólo cuando era un bebé. Ahora es una adulta y te ha dado dos bisnietas. No conociste a Óscar y Pablo, mis hijos; pero te gustarían, tan altos, tan fuertes y tan llenos de vida. Pablo se parece mucho a mí.
Y, hablando de mí, ¿qué pensarías del tercero de tus hijos? Creo que nunca supiste muy bien cómo encajarme. Llegué muy tarde, trece años y medio después de José Carlos y diez después de Eduardo; fui el elemento discordante, un niño en una familia de adultos. Sé que me querías, por supuesto, y a veces podíamos conectar de un modo asombroso, pero no sabíamos tratarnos el uno al otro. Yo estaba empezando y tú acabando. Y luego llegó la enfermedad de mamá y, tres lamentables años después, su muerte. Y todo se fue a la mierda.
¿Alguna vez pensaste que, de entre tus hijos, sería yo quien seguiría tus pasos de escritor? Asististe a mis comienzos, leíste los primeros artículos que escribí para La Codorniz. Recuerdo lo que dijiste de uno de ellos: “Es inteligente”. Ese comentario me llenó de orgullo. Pero lo cierto es que nunca me alentaste a escribir (y no lo digo como reproche; me parece muy bien que no lo hicieras). Creo que en la familia existía el tácito acuerdo de que tu sucesor como novelista sería Eduardo. Pero, ¿sabes?, Eduardo nunca lo intentó en serio; sí lo hizo como guionista, pero no con la literatura. Y yo tampoco durante mucho tiempo, aunque la simiente estaba ahí, latente durante una década, a la espera de germinar. Y germinó.
No soy tan famoso como tú lo fuiste, ni he escrito tanto como tú, ni he vendido tantísimos libros como tú. Pero soy bastante conocido en ciertos círculos y me defiendo en esta extraña profesión que ambos elegimos. En general, y es una comparación que suele hacerse, me consideran digno sucesor tuyo. Creo que estarías orgulloso de mí, que te gustaría lo que escribo y cómo lo escribo. Aprendí mucho de tu estilo, lo reconozco. Durante un tiempo, hace muchos años, te habría preocupado mi forma de vida, aunque quizá no hubiese llevado esa vida si tú hubieses seguido vivo. ¿Te habría desconcertado mi trabajo como publicitario? No lo sé; a fin de cuentas, tú también tuviste contactos con la publicidad cuando trabajabas en la radio. Lo que sí sé, con entera seguridad, es que Pepa, mi mujer, te habría gustado y mucho. Es la clase de mujer que a ti te iba. Te habría gustado mi familia, sí; estarías satisfecho conmigo, y me alegro. Desde que soy un adulto he ido descubriendo poco a poco que comparto muchas aficiones e intereses contigo; habríamos podido charlar largo y tendido sobre cine, literatura, historia, antropología, viajes… Habría sido bonito.
Te he echado mucho de menos, papá; más que a mamá. Sé que no te gustaría oírme decir eso, pero es la verdad. Llevo cuarenta años echándote de menos, cuarenta años deseando haber podido hablar contigo una última vez para decirte algo muy sencillo: Perdón. Lo siento mucho; yo sólo era un crío estúpido, un inconsciente que no entendía lo que estaba pasando, un idiota que intentaba vivir una comedia en medio de un drama. Lo lamento muchísimo, papá, te lo digo de corazón; lamento todo lo malo que te hice, aunque creo que no fue mucho ni muy grave, y sobre todo lamento todo lo que no hice y pude hacer. Esa herida nunca ha cicatrizado del todo. Fui insensible, egoísta y miserable. Lo siento, lo siento infinitamente, de verdad…
Pero, ¿sabes?, han transcurrido cuatro décadas desde que te fuiste y ahora, mira por donde, resulta que tengo la misma edad que tenías tú cuando decidiste jugar a la ruleta rusa con todas las balas en el cargador. Ya somos iguales, ya hemos cubierto el mismo trecho del camino. Y hoy, de igual a igual, tengo algo que decirte:
Lo que hiciste, papá, fue una cabronada, no estuvo bien. Vale, José Carlos y Eduardo se habían casado, se suponía que ya estaban encauzando sus vidas. Pero ¿y yo qué? Tenía diecinueve puñeteros años, joder, mi madre había muerto hacía poco, estaba hecho un lío, ¿y a ti lo único que se te ocurre es pegarte un tiro? Eso estuvo mal, ¿sabes?, eso fue desertar de una obligación que habías contraído el mismísimo día en que yo nací. Pasaste de mí, me dejaste solo. ¿Has leído La carretera, de Cormac McCarthy? Pues al final, tú no fuiste la clase de padre que describe esa novela.
¿No te paraste a pensar, ni por un instante, que al pegarte un tiro en tu dormitorio, en la casa que compartíamos, yo, tu hijo de diecinueve años, vería tu cadáver al día siguiente? ¿Sabes lo que es llevar en la mente la imagen de tu padre muerto sobre un charco de sangre? No, no tienes ni idea. Nadie que no haya pasado por algo semejante sabe hasta qué punto puede grabarse una imagen en la cabeza. Ese recuerdo te lo debo, papá; me lo diste tú. ¿Y tampoco te paraste a pensar en el sentimiento de culpa que ibas a descargar sobre mis hombros? ¿Tanto te fallé, tan insignificante era yo en tu vida?
Dicen que el suicidio es una forma de cobardía. No estoy de acuerdo; hace falta mucho valor para pegarse un tiro. Lo que sí creo es que a veces el suicidio es una manifestación de egoísmo. Y creo que tú fuiste egoísta, papá; que no tuviste en cuenta a los demás. Ahora que soy padre, puedo asegurarte que yo sería incapaz de hacerle a mis hijos lo que tú me hiciste a mí. Estuvo mal, papá; muy mal.
¿Sabes algo curioso? Nunca antes había pensado así. Durante cuarenta años te consideré una víctima sin la menor culpa, pero ahora, de repente, al escribir esto, me doy cuenta de que no es cierto. Claro que eres culpable, igual que lo soy yo en otro sentido; ninguno de los dos estuvo a la altura de las circunstancias. Lo que pasa es que el suicidio es algo tan dramático, tan estremecedor, tan monolítico, tan cargado de emoción, que anula cualquier otro razonamiento. Por eso llevo cuarenta años arrastrando un sentimiento de culpa que, ahora me doy cuenta, sin duda era excesivo.
Al final de tu brevísima nota de suicidio escribiste: “Perdón”. Y te perdono, claro que te perdono, igual que sé que tú me perdonarías a mí. Por eso quiero olvidar el triste final y recordar sólo los mejores momentos; tus éxitos, tu sentido del humor, tu generosidad, tu bondad, tu talento, tu amor a mamá, tus viajes, tu afición a la comida, tu pésima forma de conducir, tus fotografías, tu curiosidad, tu timidez, tu cariño, tu portentosa humanidad… Así te quiero recordar, como la maravillosa persona que eras.
Adiós, papá; feliz cumplemuerte, si me permites usar el humor negro que tanto te gustaba. Siempre te he querido y siempre te querré.
César






